Con destellos que llegan hasta las danzas de la muerte medievales, el apocalipsis de san Juan o el ritmo sostenido de Whitman, y cercano al desgarrador aullido de Ginsberg, Javier Gallego ha construido un poemario tan desasosegante, despiadado y brutal que promete dejar al lector sin aliento. Desde un yo desnudo de mundo y de sí, Javier Gallego arremete con furia y plena conciencia contra el fascismo de baja intensidad que nos vive y que conforma nuestros corazones.

Hacía mucho tiempo que no llegaba a mis manos un libro como El grito en el cielo, con su aspereza, su rabia y su intenso dolor, con tanto horror contenido entre sus páginas para recordarnos lo que constantemente se nos olvida, que hemos convertido este mundo en un infierno con piscina (“es el aullido de los animales carbonizados en un incendio que transforma el paraíso en un infierno con piscina”), y que si es menos infierno para nosotros es sencillamente porque, en el reparto, nos tocó la piscina; así que ya puede seguir todo ardiendo a nuestro alrededor, mientras quede donde podamos vivir al fresco nuestra vida cómplice con este estado de cosas (“es el mundo que se tira por la borda mientras la orquesta interpreta otro vals y los camareros sirven la cena”).

NOTA: Texto de Antonio Orihuela para InfoLibre

Nosotros

Nosotros
que nos creíamos águilas imperiales con alas de plumas resplandecientes,
desplegadas como aviones planeadores, para un vuelo sin motor
estratosférico, que sería la envidia de las nubes, y que soñábamos
con ascender más rápido aún que los cohetes, por encima del polvo
y de la fiebre, más allá de planetas y satélites, hasta donde la nada
se pierde y todo comienza a suceder.

Nosotros
que queríamos llegar a la altura de los dioses
para retarles a duelo y proclamarnos inmortales
frente a la eternidad.

Nosotros
que íbamos a ser los primeros en saltar el horizonte
con la gracia de un vallista, correr más veloces que el futuro
y llegar al porvenir por delante del presente, que pensábamos atravesar los límites del límite sin encontrar nunca un final
y veríamos amanecer antes que el sol y alcanzar todos los sueños.

Nosotros
que veníamos a cumplir las promesas incumplidas
y a dar a nuestros genes una segunda oportunidad.

Nosotros
que estábamos destinados a borrar la incertidumbre
de los calendarios y los fracasos del álbum de fotos familiar
porque podíamos cambiar la dirección del viento, el curso
de los ríos y el sentido de las agujas del reloj.

Nosotros
que éramos jóvenes e invencibles como los héroes de un mural.

Nosotros.

Nosotros
que estábamos en la flor de la vida
cuando se declaró en instancias superiores
un invierno permanente que nos heló la sangre
y se nos cayeron las hojas como mechones de pelo
y se endureció tanto la tierra y dolía tanto el aire
que se nos pudrió el tallo y la carne se nos marchitó.

Nosotros
que fuimos mansos porque íbamos a heredar la tierra
y pobres de espíritu porque nuestro era el reino de los cielos
y no sentimos hambre ni sed de justicia
hasta que tuvimos que dar de comer a la tenia
del presidente y saciar el hígado de un inversor.

Nosotros
que nos creíamos invencibles hasta que fuimos derrotados
en una oficina del paro, eternos hasta que firmamos
el primer contrato temporal.

Nosotros
que hemos sido desterrados de nuestras casas y llamamos
hogar a la zona de tránsito, hotel al albergue y restaurante
al comedor social.

Nosotros
que teníamos todas las puertas abiertas
pero acabamos arrojándonos por el balcón.

Nosotros
que somos sombras de lo que nunca fuimos,
que ni un solo día hemos sido héroes, que no volveremos
a ser jóvenes, que no volveremos del destierro, que no.

Nosotros
que habitamos en el corazón de los desiertos.

Javier Gallego, será el protagonista de la segunda de las jornadas que tendrá lugar en la librería La Mínima. EntreLíneas 2018 disfrutará de la presentación de El Grito en el Cielo, que ya va por la tercera edición. Tras la lectura musicada de algunos de sus poemas, abriremos un coloquio para abordar junto a este periodista el momento actual que atraviesa España en planos como la libertad de expresión, la denuncia social y, cómo no, el periodismo.